un sortilegio y mira en dirección
al mar. Sus ojos nuevos descubren a
una mujer.
El escenario circular está iluminado. Los músicos retrasan su entrada mientras el público llega lentamente. Sólo algunos espectadores en la penumbra de las gradas hablan en voz baja. En la última fila, vestido de negro, Javier Antepara está sentado con el viento a las espaldas. La melena que es oscura y larga le acaricia la frente por momentos. Desde las gradas más elevadas del anfiteatro abierto al cielo, pueden verse algunas casas de los veraneantes; aisladas, difusamente remarcadas y bordeadas por caminos de arena. Los pinos oscuros y cimbreantes señalan en dirección contraria al mar. El muro del anfiteatro, de enormes piedras, se alza manchado de lluvia y sal. En el interior, los murmullos han cesado para dar lugar a la voz que anuncia los primeros instrumentos. En el rostro de Javier, sus ojos parecen dos cuevas que observan el círculo claro desde donde la música se eleva a mezclarse con el aire. Su memoria lo transporta... Se ve niño corriendo por entre las sombrillas de la playa desierta. Sortea las sillas de caña, pintadas de blanco y apiladas, sobre la arena ya mojada. Distraído admira los caracoles que se amontonan al lado de una roca humosa. En ese momento llegan a sus oídos los acordes de un violín cercano. Se acerca en dirección al mar temiendo quebrar un sortilegio y sus ojos nuevos descubren a una mujer en la semipenumbra. Una túnica transparente deja ver el cuerpo claro que gira dejando en cada salto un plano ondulante de piernas y brazos de espuma. La ropa liviana la acompaña o se adelanta a ella. Húmedo de sales, el cabello se mueve pesadamente y la ciega, en un torbellino de arabescos. La placidez gana sus brazos de gaviota que se extienden hacia el agua buscando lo inalcanzable. El violín silencia su llanto y es abandonado por las manos de un hombre. El niño presencia entonces el encuentro entre dos cuerpos y ve cómo el cuerpo de gasa quebrado hacia atrás en un juego de palmeras es depositado en la arena en un último contacto. El hombre, ahora una sombra ejecutante de música y muerte, se aleja del lugar. El niño avanza hacia la mujer yaciente. En la playa el niño avanza, camina hacia la revelación del rostro de la mujer, pero en ese momento escucha un disparo. Se detiene. Perturbado por el impacto, el niño desanda el camino. Corre. Trepa por las dunas desde donde divisa el anfiteatro iluminado de contrabajos, saxos y violines. En el desesperado retroceso, la memoria que lo sujetaba afloja sus hilos y lo expulsa, tornándolo figura y a veces viento. Rueda entre arenas de algodón que lo vuelven tambor hasta el camino de abedules; debe llegar a tiempo. Se cruza con sombras del pasado que huyen en tropel. Empuja cuerpos de hombres y mujeres, murmuraciones contenidas, y llega, al fin, al pie de la vieja muralla; del otro lado de la luz... En el anfiteatro la música ha cesado. Algunos espectadores han llegado hasta los escalones más altos desde donde asoman sus cuerpos. Otros han bajado y han salido a la arena. Javier Antepara ha caído desde las últimas gradas, con un agujero de aire rojo en la cabeza. El niño del recuerdo expulsado lo observa. Agitado y tembloroso gira sobre sí mismo y retorna a la playa...

2 comentarios:
Alba llegué de casualidad a tus blogs y quiero dejarte mi mensaje de felicitaciones y buenos augurios por tus letras.
un beso - silvia
Silvia, celebro que el azar te haya traido hasta este lugar y gracias por tus deseos. Un cariñoso saludo. Alba
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